Cuando leí ‘Ensayo sobre la ceguera’, lo primero en lo que pensé fue en la debilidad de la democracia. El poder del pueblo, por desgracia, no es algo eterno y jamás lo será. Es débil, muy débil. Es ideal, pero casi anti-natura. Miles de personas se levantan todos los días y se miran al espejo queriendo ser los próximos caudillos, los siguientes “dueños del cotarro”. Cientos de miles se levantan y despotrican contra los actuales políticos, añorando los tiempos de palo largo y mano dura, los tiempos donde no alzar la mano y apoyar el nacionalismo más radical era sinónimo de la persecución política y el repudio social. Cuando Saramago escribió sobre la ceguera, nos hablaba de esa ceguera. Líderes y seguidores, todos, llevaban y siguen llevando un velo que cubre sus ojos. Sólo oyen y ven a través de los fantasmas del pasado, de la xenofobia, del racismo, de la asquerosidad humana. Sus sentidos sólo son capaces de sintetizar lo que masticaron sus antepasados, los crímenes que apoyaron, las familias que rompieron y las almas que corrompieron, con su tortura, con los sentimientos más indignos y oscuros del ser humano.
Hoy ha muerto Saramago, el autor de esa obra. Todos tratamos de hacer llegar al mundo nuestras opiniones, y él hizo llegar al mundo los mensajes de la realidad, y una crítica a muchos que todavía se ruborizan con sus palabras. Si Saramago hubiera leído los artículos que hoy anuncian su muerte, le podría haber parecido un hecho curioso. Si hubiera leído los artículos de los medios de ultra-derecha, que se mofan de su muerte y se alegran de la misma, probablemente hubiera sentido lástima. ¿Por qué? Porque no hay nada que dé más lástima que los que siguen anclados en el pasado de la mano dura, del poder férreo, de la subyugación al más débil. Esas personas, por muchas chaquetas nuevas que se hayan puesto, siguen siendo las mismas que autorizaban fusilamientos, torturas y violaciones. Esas personas son los carceleros de los ciegos, autores de abusos morales y físicos, seguidores de ideas psicóticas y delirios megalómanos.
Ellos y sólo ellos son la escoria que todavía habita este planeta. Es nuestro deber hacer que esa verdad se sepa, evitar que su propaganda se disperse en los medios y se mezcle con la realidad. Cuando les mires a la cara, lector, recuerda que ellos apoyaron, apoyan y apoyarán el exterminio político, la limpieza étnica y la corrupción del ser humano. Llevan la chaqueta de la democracia y la corbata de la modernidad, pero siguen siendo los mismísimos verdugos.


