No estoy de acuerdo con la última reforma laboral del gobierno. Hace flaco favor a la economía española y está claramente dirigida por las ‘recomendaciones’ externas del FMI y de la Unión Europea. En lo que se refiere a las cuentas del estado, puedo entender que, sencillamente, ya no hay más dinero para ir repartiendo a diestro y siniestro, pero estas medidas parecen más orientadas al empresario medio que a cebar los números rojos del estado.

Flexibilizar el despido es algo que se lleva hablando desde hace meses. La primera vez que se mencionó, que alguien se atrevió a sugerirlo, fue secundado con la boquita pequeña por otros sectores. Banco de España, CEOE, PP, entre otros. Es obvio que aquí hay un patrón. No hace falta ser un premio Nobel para ver que cada uno ‘barre para adentro’ y, el que puede, defiende sus intereses. Lo sorprendente del asunto es que, con tantas reticencias al principio, el gobierno, de corte socialista, haya cedido a las exigencias de estos colectivos. La ironía se alcanza cuando los propios colectivos beneficiados insisten en que no es suficiente. Nunca es suficiente, eso creo que también ha calado hondo.

Foto de Díaz Ferrán, patrono de la CEOE, y destacado experto en empresas falidas.

Evidentemente, los sindicatos también han barrido para adentro. En unas horas se demostrará cuánto han barrido: CCOO y UGT se enfrentan a un duro examen. La gente está quemada, pero se prevé que el poder de convocatoria actual no podrá superar al éxito de la última huelga general. Sin importar el resultado de mañana, la conclusión de los sindicatos será de 1 ó 2 millones de trabajadores en huelga más que los datos del gobierno. Cabe destacar que Esperanza Aguirre saldrá al día siguiente en un podio, sonriendo, afirmando que la huelga ha sido ilegal porque no se han cumplido los servicios mínimos (pactados de forma unilateral por su propia persona y alma) y que sólo 10 mil personas han hecho huelga. Los piquetes estarán presentes y yo caería en la irresponsabilidad si no te advirtiera, lector, de ir con buen escudo anti-piedras cuando vayas al trabajo (si vas, por supuesto). Quizás exagero, pero empujones habrá, y eso en pleno siglo XII sobra. Piquetes, informativos o no, son vestigios de la revolución industrial que mancillan el nombre de una huelga y lo convierten en obligación – coacción.

Y después, ¿qué? Presumiblemente, al día siguiente gobierno y sindicatos se reunirán. Es obvio que el gobierno no va a retractarse, y los sindicatos, en reciente huelga, poco harán por flexibilizar sus condiciones. Reunión inútil, por tanto.

Y después, ¿qué? Pasarán los meses, el desempleo subirá y bajará, Rajoy ganará las elecciones con una sonrisa de oreja a oreja (aunque sin las elecciones anticipadas que tanto anhela), y el primer día de poder ejecutivo creará el despido libre. ¿20 días? ¿Qué empresario quiere eso si puede despedir ipso-facto, cual película yanqui, a sus empleados? Al fin y al cabo, hay que proteger al electorado. ¿Qué harán los sindicatos entonces? ¿Otra huelga general?

Todo esto no hubiera pasado si Chacón hubiera sacrificado sus misiles Tomahawk por presupuesto para I+D… +i.

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