Lector, es tierra con minúscula, efectivamente. La tierra, el suelo, es algo que nos envuelve, nos rodea, nos sostiene de forma permanente. Es algo que damos por hecho, que sabemos que está ahí. No necesitamos imaginar su existencia, ni pensar en los miles de kilómetros que hay de tierra, arena y piedra debajo de nuestros pies. Para nosotros, la tierra es sólo un recipiente, y todo aquello que está debajo de ella pertenece al pasado. Enterramos a nuestros antepasados bajo tierra, esperando que los metros de espesor y el tiempo curen nuestras heridas. Algunas culturas utilizan el subsuelo de forma continua, como medio de transporte, como forma de vida contra la intemperie. Sin embargo, no es esa la tierra que concierne a este artículo.

Hablo de una tierra más allá. Hablo de una tierra inalcanzable por nuestros ojos, nuestros sentidos. Tierra más allá de nuestra línea de visión, de nuestras máquinas, de nuestros sistemas de transporte. Incluso de nuestra historia. Tierra que incluso escapa a la ambición humana por combustibles. Hablo de inmensidad.


Hombre viejo en pena (En la penumbra de la eternidad). Van Gogh, 1890

El otro día paseaba por Cuenca. Una ciudad fundada hace cientos de años, entre una geografía singular y accidentada. En mi mente cruzaron pensamientos sobre la eternidad, la inmensidad. Cuando cerré los ojos y dormí, pensé. ¿Y si cuando me despertara, estuviera debajo de la ciudad, en su subsuelo, en su tierra? No respiraría, ni viviría o moriría. Sería una existencia eterna. Lo único que funcionaría sería la mente.

El espesor de cientos de metros de tierra te impedirían moverte o hacer gala de tus sentidos. No hay olores o sabores. Tampoco hay escapatoria. No hay muerte ni vida. Sólo estás tú y la eternidad. No puedes dormir, ni descansar. Al principio, la angustia envolvería tu cuerpo. Sin embargo, los siglos irían apagando tu mente, tus sentimientos. Años de sufrimiento bajo tierra irían convirtiéndote en un grano más de arena. Sólo te queda esperar a que la Tierra se apague y se destruya, y tú con ella.

¿Llegarían los sonidos de los coches, de las personas, a ti? ¿Pasaría el sonido a través de tantos metros de tierra? Y aunque fuese así, ¿qué importaría? Tu existencia allí sería eterna, sin posibilidad de escapatoria. Los siglos pasarían, civilizaciones y especies vendrían y se irían, y tú no estarías allí para verlo.

Tu inmortalidad sería en vano. Tu existencia también. Infinita, etérea. ¿Es ese el infierno?

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