Desde pequeño, he sido criado sin mencionarse a Dios. Desde que nací, mis padres insistieron en darme una educación neutral, ausente de cualquier interpretación religiosa o filosófica sobre el mundo que me rodeaba y sobre su creación. Cuando era muy pequeño, todo esto tenía poco sentido para mí, por no decir ninguno. Sin embargo, fui creciendo y era de los pocos que no iba a clase de “religión”. En un país fundamentalmente católico, yo era una de las pocas excepciones en el colegio. Las preguntas no tardaron en llegar. Pregunté a mis padres por qué yo no estudiaba religión, por qué me quedaba esas horas en el colegio solo en clase o al lado de un profesor que se limitaba a vigilarme mientras corregía exámenes.

El Jardín de las Delicias, Hyeronimus Bosch. (Tríptico cerrado)

“Porque queremos que cuando seas mayor, tú decidas”. Sólo necesité oírlo una vez. Lo había entendido. Unos cuantos años después, he reunido suficiente experiencia y dudas como para escribir el artículo que estás leyendo. ¿Existe Dios? Si existe, ¿quién o qué creó a Dios? ¿Creó Él el universo? Si no existe, ¿quién lo creó? ¿cómo se creó?

Partamos de la hipótesis de que Dios existe. Muchas personas, tras años de existencia, acogen esta hipótesis como verdadera y acogen la imagen y concepto de Dios en su mente y corazón. Generalmente, este proceso es largo y conlleva un proceso mental muy fuerte, acompañado por personas de su entorno que le aconsejan o le intentan guiar. Se habla de que la creencia en la existencia de Dios no atañe a razones, sino que se guía única y exclusivamente por la fe. No hay evidencias, ni pruebas, porque precisamente la creencia en Dios se muestra como un acto carente de interés personal, sin hambre de conocimiento. Es interesante afirmar que este proceso suele ir ligado a una religión concreta. Son pocas las personas que llegan a creer en Dios a través del exclusivo razonamiento, ausente de versiones o interpretaciones, como el cristianismo o el judaísmo.

Como bien decía, partamos de esta hipótesis e incluso hablemos como si esto fuese completamente verídico. Dios existe. Generalmente, el pensamiento termina aquí. Intenté ponerme en posición de aquellos que consideran esto como verdad inamovible, de los que tienen una fuerte fe en este concepto. Empecé a preguntarme: si Dios existe, ¿cómo y cuándo apareció? ¿Por qué o quién fue creado? Concluí, sin embargo, que estas dudas carecen de contexto para ser planteadas. Siendo el concepto de la existencia de Dios autónomo en sí mismo, el concepto de la “aparición” o “creación” de Dios no cabe en ese modelo. Acostumbrado a una vida y enseñanza donde las cosas nacen de elementos similares, o de la unión de estos, es difícil analizar un modelo universal donde un ente, Dios, no ha sido creado por otra entidad. También es difícil plantearse: si existe, ¿de qué está hecho? ¿Qué materia le compone? En la Biblia, Génesis 1:27: “Y creó Dios al hombre a su imagen”. ¿Es esa frase un vestigio de las antiguas civilizaciones, donde se pintaban a las deidades como seres humanos? ¿O por el otro lado, significa eso que Dios tiene apariencia humana?

Siguiendo esta misma hipótesis. Sigamos asumiendo que Dios existe, como tal. ¿Es omnipotente? ¿Omnisciente? Aunque fuere omnisciente, el simple hecho de tener imagen y semejanza al humano, ¿no le convertiría también a Él en un ser dado a duda sobre su propio origen, a cuestionamiento sobre su propia naturaleza? Si es así, ¿no estaríamos bajo un modelo universal donde el origen del universo, Él, carece de origen cierto y, por tanto, también su propia existencia? Recordemos que los humanos más brillantes de este planeta llegaron a cuestionar su propia existencia, afirmando que ésta dependía de su capacidad de razonamiento y pensamiento. Descartes: “Cogito ergo sum” (Discurso del Método, 1637).

Por último, lector, sigamos con esta hipótesis. Dios existe. ¿Significa ello que debemos rendirle pleitesía? Tomemos como cierto el hecho de que sí, Dios existe, ha creado el universo y todos sus componentes, es omnisciente y omnipotente. ¿Por qué debe el humano rendirle pleitesía o adoración? Efectivamente, es una pregunta poco planteada desde el inicio de la teología en la especie humana. Cuando el cristianismo empezó a popularizarse en Europa, y hablamos de una expansión cultural sin precedentes, algunos se empezaron a plantear esta cuestión. “Imaginemos que Jesús es el hijo de Dios, y qué Él ha creado el universo. ¿Por qué debo de ser yo igual que los profetas y hombres en el albor de la humanidad y tener miedo a ese dios? ¿Qué le convierte a Él en dueño de mi porvenir o de mi respeto?”. La respuesta ya estaba escrita en la Biblia desde hacía siglos: el infierno. El infierno no es sólo la penitencia, el castigo. También es la disuasión a través del miedo. La mano y mente del hombre son sabias, y era obvio que había que evitar juicios a Dios. Dios era el único capaz de juzgar y condenar. El infierno es esa cárcel, para aquellos que matan, pero también para aquellos que dudan u osan dudar. El miedo a la eternidad y al sufrimiento es la clave en la imagen del infierno como medida de disuasión. Razón por la que la imagen de Dios en la Edad Media se convirtió en una imagen de miedo y terror, tirando estos dos conceptos de la Iglesia y destruyendo su original concepción como un castillo de naipes. La nueva Iglesia había decidido adelantarse a los castigos divinos en la eternidad y aplicarlos en el mundo terrenal, con quemas organizadas, juicios sumarísimos, tortura y pena capital. Muchos lo recordarán por el nombre de la “Santa Inquisición”.

Hemos terminado con esta hipótesis de momento. Vayamos a la hipótesis contraria: Dios no existe. Reafirmemos esta hipótesis y por un momento tomémosla como la realidad: no sólo Dios no existe, sino que nunca ha existido ni existirá. Entonces, ¿cuál fue el origen de los tiempos, del universo? ¿Puede la ciencia o, más importante, el razonamiento, explicar el origen de la materia y de la existencia del todo, en sí? Vayamos más allá. Imaginemos que la ciencia, efectivamente, puede explicar el albor de los tiempos y el origen del todo. Situémonos, con esta última frase, en la naturaleza. ¿Puede el orden “natural” de las cosas crear semejante belleza? ¿Puede la matemática inherente al universo generar la entropía necesaria para construir los colores, los olores, los sabores? Respecto al ser humano, ¿puede la naturaleza, a través de la evolución y los procesos naturales, haber creado a una raza tan avanzada mentalmente como para tener conciencia y cuestionamiento de su propia existencia, pero también tan decadente como para destruirse a sí misma?

Más importante: ¿puede la naturaleza explicar el orden de las cosas, las relaciones entre los millones de elementos caóticos en nuestro planeta y su comportamiento impredecible? ¿Es el libre albedrío una muestra de que la ciencia es la explicación o de que no lo es? Y respecto a estas cuestiones, ¿deberíamos asumir que las piezas encajan en la naturaleza de forma intrínseca?

Es interesante destacar que cada avance en la ciencia, especialmente los relacionados con la creación del universo, supone un paso más cercano en el descubrimiento de respuestas, pero también una reafirmación de que hay detalles que escapan a la ciencia y cuya existencia ésta nunca podrá explicar.

Todas estas dudas asaltan mi mente cuando la palabra “Dios” aparece en mi mente.

Sin embargo, no quiero terminar sin añadir mi propia experiencia, mi propia reflexión: no sé si Dios existe, y puede que nunca lo llegue a saber. Esa es la auténtica realidad. Me niego a la fe, y rechazo categóricamente implicarme en ésta. Me niego a aceptar verdades dogmáticas. Rechazo la religión en mi vida. Pero también rechazo una fe total en la ciencia. De la misma forma que la religión jamás podrá explicar fenómenos del día a día, la ciencia tampoco podrá explicar la belleza de los senos de una mujer o la conexión sentimental entre un recién nacido y su madre.

Por eso, y por muchas razones más: no sé si Dios existe. Las dudas me seguirán asaltando por siempre, pero prefiero las dudas a estar en un lado de la balanza.

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