Cuando leí ‘Ensayo sobre la ceguera’, lo primero en lo que pensé fue en la debilidad de la democracia. El poder del pueblo, por desgracia, no es algo eterno y jamás lo será. Es débil, muy débil. Es ideal, pero casi anti-natura. Miles de personas se levantan todos los días y se miran al espejo queriendo ser los próximos caudillos, los siguientes “dueños del cotarro”. Cientos de miles se levantan y despotrican contra los actuales políticos, añorando los tiempos de palo largo y mano dura, los tiempos donde no alzar la mano y apoyar el nacionalismo más radical era sinónimo de la persecución política y el repudio social. Cuando Saramago escribió sobre la ceguera, nos hablaba de esa ceguera. Líderes y seguidores, todos, llevaban y siguen llevando un velo que cubre sus ojos. Sólo oyen y ven a través de los fantasmas del pasado, de la xenofobia, del racismo, de la asquerosidad humana. Sus sentidos sólo son capaces de sintetizar lo que masticaron sus antepasados, los crímenes que apoyaron, las familias que rompieron y las almas que corrompieron, con su tortura, con los sentimientos más indignos y oscuros del ser humano.
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